El sistema internacional comprende al conjunto de países (estados) y sus relaciones en el mundo. Estas relaciones se basan, fundamentalmente, en intercambios de información, cultura, recursos, bienes y servicios. Cada estado gobierna un territorio y, por ende, administra dicho territorio ostentando el monopolio de la violencia. Así, cada nación busca maximizar su estabilidad interna y, teóricamente, el bienestar de sus habitantes para sobrevivir en el tiempo. Un estado existe porque es capaz de defender sus fronteras y controlar lo que sucede en su interior.
Los recursos existentes en el planeta —sean naturales, demográficos, entre otros— no están distribuidos de manera uniforme entre los estados. Esta asimetría genera, en muchos casos, conflictos, ya que el sistema tiende naturalmente hacia el enfrentamiento. Los estados, en busca de garantizar su supervivencia futura, procuran maximizar su poder, especialmente el poder militar, es decir, la capacidad de ejercer violencia hacia el exterior. Esta lógica es la que subyace al enfoque realista en las relaciones internacionales, sustentándose en siglos y siglos de conflicto humano. Así, si un estado consigue maximizar su poder militar y se encuentra en conflicto con un rival débil, considerará, en última instancia, la acción militar directa contra este, ya sea para adquirir recursos, territorio o para doblegar su voluntad en favor de un trato privilegiado.
En estas situaciones, cuando el estado rival percibe una asimetría en la fuerza, es muy probable que acepte un acuerdo, tratado o convenio similar, cediendo ante el potencial agresor para evitar una guerra. Una guerra es siempre costosa para todos los implicados, tanto en términos de recursos como de repercusiones políticas. Como podemos ver, la fase previa al estallido de una guerra es, en gran medida, un problema de dinámica de la información.
Conscientes de ello, los gobiernos establecen habitualmente mecanismos de señalización y control—mecanismos cibernéticos en su aspecto más teórico—para dar a conocer su potencial real, así como el de sus adversarios. Esta señalización es crucial para equilibrar costes y beneficios al momento de considerar el estallido de un conflicto y llegar a acuerdos. Entre estos sistemas de señalización se incluyen grandes programas tecnológicos y el desarrollo de proyectos militares de todo tipo, desde la realización de desfiles militares y compras de armamento, hasta la imposición de sanciones. Ejemplos concretos de ello los encontramos en la carrera espacial y en el desarrollo de los distintos programas nucleares, especialmente a través de la publicidad de sus ensayos.
El lector despierto probablemente ya se habrá percatado de la relevancia de la teoría de juegos en este particular juego político. Son precisamente las armas nucleares las que han contribuido, de manera notable, a generar estabilidad en el sistema internacional entre las grandes potencias. Estas armas han permitido descentralizar guerras a pequeña escala, a menudo en zonas proxy, evitando así grandes y costosas guerras entre las potencias, guerras que podrían tener un enorme potencial de destrucción para la civilización humana.
Las armas nucleares constituyen uno de los mecanismos de señalización más cercanos a la perfección que existen en el sistema internacional. Son difíciles de desarrollar, su uso en la guerra es único y muy concreto, sus ensayos son fácilmente identificables y medibles, y su desarrollo resulta costoso, realizándose en instalaciones muy específicas y, por ende, controlables. Organizaciones como la Agencia Internacional de Energía Atómica existen precisamente para mantenerlas en su función original: la de señalización.
Otros programas de armamento actúan de manera similar, ya sean aviones de combate, submarinos o fragatas. El desarrollo de dichos programas fundamenta el concepto de la disuasión militar, concepto que adquiere cada vez más importancia en el mundo actual. La lógica es clara: se desarrollan armas que, en principio, no se usan, pero cuyo solo hecho de existir y estar reguladas, permite atribuirles un uso claro en contextos muy definidos y facilitar su control.
Sin embargo, en el mundo contemporáneo, los modelos de armamento están evolucionando. Vivimos una auténtica revolución impulsada por el despliegue de la inteligencia artificial (IA) a todos los niveles de nuestras sociedades. La siguiente iteración de sistemas militares estará dominada por la IA, siendo ésta la responsable de operar, de manera semiautónoma o autónoma, muchos de los sistemas convencionales. Programas como Centaur, de la empresa alemana Helsing, y el trabajo de Anduril en Estados Unidos son ejemplos de esta nueva realidad.
De igual forma, los sistemas informáticos no militares, además de convertirse en objetivos en el marco de la ciber guerra, comienzan a ser dotados de mayor autonomía. La ciber guerra se convierte así en un elemento cada vez más relevante, y la inteligencia artificial se despliega cada vez más en este ámbito.
Ante este panorama, surge la pregunta: ¿cómo podemos asegurar una correcta señalización en la era de la IA? En el siglo pasado, esto resultaba relativamente sencillo. Las labores de un servicio de inteligencia o la propia publicidad militar garantizaban un intercambio de información bastante claro, permitiendo a los países estar al tanto de la proliferación de armamentos y actuar en consecuencia. No obstante, la IA es, por definición, una tecnología de doble uso, tanto civil como militar. Los grandes modelos requieren centros de procesamiento de datos, que pueden utilizarse para gestionar la base de datos de la seguridad social de un país o para apoyar la administración pública. Por ello, resulta casi imposible controlar el desarrollo de ciberarmas o de sistemas de IA aplicados al combate. Además, es especialmente sencillo falsear las capacidades de estos sistemas con fines de señalización, ocultando o exagerando sus verdaderas potencialidades.
Finalmente, la regulación de estos sistemas resulta, en muchos aspectos, una quimera. En la Unión Europea se ha logrado cierta contención, pero fuera de ella nos encontramos inmersos en una carrera tecnológica entre distintos bloques, especialmente entre China y Estados Unidos, para el desarrollo de sistemas autónomos y capacidades cibernéticas e IA.
Por lo tanto, debemos entender que esta nueva ola de sistemas tecnológicos de doble uso basados en Inteligencia Artificial cambia completamente las dinámicas de proliferación y disuasión, generando peligrosos desequilibrios informativos en el sistema. Este hecho, junto con el creciente desacople entre bloques geopolíticos y la lucha por los recursos naturales (derivada en gran medida del auge de dichos sistemas) evoca al mundo hacia un estado de conflicto descentralizado a largo plazo, en el horizonte, aparecen las nubes negras señalando un posible conflicto entre grandes potencias.

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