Hay un concepto especialmente interesante en la milicia moderna: el loop OODA. Observar, Orientar, Decidir, Actuar.
Este ciclo fue desarrollado por el coronel John Boyd, de la Fuerza Aérea de los EE. UU., y describe el proceso decisional en entornos de combate. Su importancia radica en la velocidad con la que se puede ejecutar este ciclo: cuanto más rápido un actor complete su ciclo OODA en comparación con su adversario, mayor ventaja obtendrá. No se trata solo de observar bien o decidir correctamente, sino de hacerlo más rápido que el otro. Hoy, este ciclo se aplica no solo en la guerra, sino en el mundo empresarial, político y social.
Tal es la importancia de este concepto que es clave en los sistemas militares modernos. Clave en cuanto a que la victoria, la salvaguarda de la vida de los soldados y el control del territorio dependen —o giran en torno— del mismo.
La información es todo.
Existen dos fuerzas motrices que rigen la vida humana —más allá de las fuerzas físicas conocidas como la gravitatoria, la nuclear fuerte, la débil y la electromagnética—. Hablamos de algo mucho más conceptual: la energía y los flujos de información.
Todo lo que existe se mueve. El movimiento es permanente y nunca termina. Existir en el mundo implica moverse, cambiar de posición. Todo está sujeto a cambio, y de manera permanente. Nada permanece. Naturalmente, todo lo que se mueve consume energía: necesita obtenerla y consumirla.
Por otro lado, todo lo que existe genera información. Existir significa informar al entorno de la existencia. Existir significa estar disponible para el entorno o poder ser conocido.
La vida está especialmente regida por ambos conceptos. La propia existencia implica el consumo permanente de energía hasta la muerte.
Los seres vivos existentes en el mundo existen para comprender el mundo. Lo comprenden, en mayor o menor medida, para interactuar con él. Interactúan para obtener energía, sobrevivir y trasladar su esencia hacia la siguiente generación.
Este traslado se articula a través de información codificada en el ADN.
La vida es una larga cadena donde la energía empuja información hacia delante en el tiempo.
La capacidad de procesar la información y extraer conclusiones accionables de la misma —conclusiones que nos permitan operar en el mundo— es lo que conocemos con el nombre de inteligencia. Del mismo modo, el producto refinado de la información procesada en aras de responder una pregunta se conoce, también, como inteligencia.
La inteligencia es una capacidad esencial para la supervivencia. Tanto en conceptos micro —como en cualquier ser vivo buscando sobrevivir en este planeta— como en conceptos macro: desde ejércitos en guerra hasta sociedades enteras luchando constantemente contra la incertidumbre.
Obtener inteligencia es complicado. Requiere procedimientos sistemáticos, grandes volúmenes de información, capacidad de procesamiento. En resumen: requiere recursos.
En la mayoría de los casos, el ser humano solo dispone de opinión.
La opinión, por otra parte, es necesaria. Es, en gran medida, información en movimiento.
La opinión es indispensable en sociedades, en Estados. Y debe ser plural.
La opinión se agrega de manera natural. La opinión es contraria, es variada, y cuando es así, la opinión cristaliza en inteligencia colectiva.
El concepto de opinión pública toma forma en la Europa del siglo XVIII. El filósofo alemán Jürgen Habermas la describe como un espacio intermedio entre el Estado y la sociedad civil, en el que los ciudadanos debaten asuntos de interés común. Este espacio emergió gracias a la alfabetización, la expansión de la prensa y los cafés como lugares de debate. En su obra Historia y crítica de la opinión pública, Habermas subraya cómo este ámbito era clave para la legitimidad democrática. La opinión pública garantiza una suerte de loop OODA por parte de la ciudadanía de un estado.
La opinión pública es indispensable en sociedades contemporáneas. En cualquiera de ellas, especialmente en las democráticas.
Todas las sociedades están regidas por contratos sociales, en los que una élite gobierna, legitimada por grandes masas de gobernados.
La élite debe ofrecer beneficios, prebendas —llámalo como quieras— a los gobernados. Estos deben aceptar y legitimar su gobierno.
Las condiciones no son estáticas nunca. Todo en el mundo se mueve. Nada permanece.
El flujo de información es necesario. Es necesaria la comunicación entre gobernantes y gobernados para mantener este contrato social.
Esta comunicación se articula a través de los sistemas de opinión pública.
Y el sistema se regula en Occidente cada 4 o 5 años, en sucesivas elecciones, en las que se premia o se castiga al gobierno con el voto.
El auge de dichos sistemas lo encontramos en el siglo XX, y la mecánica era muy simple realmente:
Los gobernantes realizaban acciones —construir un hospital, una escuela…—. Dichas acciones eran capturadas por medios de comunicación, como periódicos o televisiones.
Estos medios publicaban, publicitaban las noticias, que llegaban al gran público con una frecuencia determinada: semanal o diaria, según el caso.
Pero las historias se mantenían a lo largo del tiempo, durante unos días o semanas.
Procesos como la inauguración de obras públicas, de alto beneficio ciudadano, tomaban tiempo. Pero su impacto, de igual modo, perduraba en el tiempo.
Había menos lugar para la inmediatez.
Los medios regulaban.
La frecuencia no era tan alta.
El rédito podía ser capturado.
Y el mecanismo cibernético de feedback funcionaba.
Las redes sociales llegaron en el siglo XXI a nuestras casas, a nuestros dispositivos, a través de la fibra óptica o del 5G.
Llegaron para acelerar todos los procesos de comunicación (para joderlo todo.)
En las redes sociales, el filtro de comunicación fue eliminado en gran medida, a la vez que la frecuencia de comunicación fue aumentada drásticamente, afectando profundamente a los mecanismos de feedback ciudadano.
Poco a poco, el texto corto, luego el vídeo corto, sustituyeron a la noticia larga o al sesudo debate.
El ser humano está perdiendo progresivamente la capacidad de entender y razonar, perdiendo el interés por evaluar grandes proyectos.
Los grandes casos de corrupción dejan de importar. Las grandes obras son menos relevantes.
Ahora buscamos el ZASKA, preferimos comentarios jocosos a grandes historias.
Y el político —cuya principal función es maximizar la atención de la ciudadanía—, en muchos casos, captura esta dinámica y cae presa de la misma: prefiere declaraciones incendiarias o la distribución de memes a la comunicación de grandes proyectos.
Por ende, hay menos interés en los mismos, o su interés cae en manos de grupos mucho más reducidos, con intereses meramente económicos.
En la actualidad, nos encontramos viviendo el colapso de los sistemas de opinión pública, con efectos desastrosos para la existencia humana.
Por ende, durante los próximos años, veremos cómo se rompe la barrera natural que —mediante la ilustración del ciudadano promedio— protegía nuestras sociedades contra la tiranía llevada a cabo por grupos de interés reducido.
El gobierno se aleja de la ciudadanía a velocidad de crucero.
Resulta cada vez más difícil volver a lanzar el ancla.
La democracia entra en recesión ante el colapso de la opinión pública.

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