Como venimos mencionando en este blog, la prioridad del ser humano es existir (venimos al mundo a existir), y existir pasa por darle un sentido a la existencia. Este sentido se articula de manera natural a través de la conciencia, del resto del mundo y del ser propio. Realizar cualquier tipo de obra en el mundo pasa por realizarnos a nosotros mismos. Y no podemos realizarnos de manera plena si no somos capaces de ejercer nuestra consciencia para con el mundo.
“La autoconciencia es en sí y para sí solo en cuanto es para otra autoconciencia; es decir, solo como un ser reconocido.” – Hegel.
En otros términos, yo no puedo ser plenamente consciente de mí mismo a menos que otro me reconozca como conciencia. La conciencia de sí es, desde el inicio, relacional. Este es el fundamento de la filosofía de Hegel alrededor del reconocimiento. Según el filósofo alemán, la conciencia de sí, de uno mismo, es desde el inicio relacional. Hegel rompe con la tradición cartesiana del sujeto autosuficiente: el yo no se encuentra en la soledad reflexiva, sino en el espejo del otro.
Así pues, resulta imposible existir de manera aislada, y el ser humano está en el mundo con el objetivo de existir, de percibir el mundo, de interactuar con él y, en última instancia, transformarlo a través del trabajo. Por ende, la existencia del ser humano es siempre relacional.
Para ilustrar este hecho, Hegel representa este reconocimiento a través de un desequilibrio fundamental, del conflicto: dramatiza alrededor del conflicto mediante la dialéctica del amo y el esclavo. En la escena dramática, dos consciencias se enfrentan buscando el reconocimiento. El enfrentamiento, más allá de ser un acto de cortesía o simbólico, es una lucha a muerte entre ambas por imponerse como conciencia soberana. El conflicto se resuelve produciendo una desigualdad estructural: la relación del amo con el esclavo.
El amo triunfa en la lucha, siendo reconocido, pero el reconocimiento proviene de una conciencia (el esclavo) que ha renunciado a su libertad. Por tanto, es un reconocimiento vacío. Por su parte, el esclavo se somete y, por ende, no obtiene reconocimiento; pero, a través del trabajo, consigue transformar el mundo (la realidad), enfrenta su finitud, comprende el mundo y se realiza, siendo al final autoconsciente.
Esta relación resulta especialmente interesante, pues cristaliza en el hecho de que el amo depende profundamente del esclavo para la realización del trabajo, y el esclavo ejerce poder real sobre el mundo mediante su transformación, avanzando hacia un equilibrio. Así pues, el trabajo como mediación permite al esclavo acceder a una autoconciencia más plena incluso que la del amo. La conciencia se enfrenta al mundo, lo niega y se supera a sí misma. Venimos al mundo a transformarlo a través del trabajo.
Alexander Kojève capturaría esta dialéctica tras leer la Fenomenología del espíritu, posicionándola como el eje central del desarrollo de la humanidad. La historia real de la humanidad es una historia de la lucha por el reconocimiento por parte del otro. El punto de partida de Kojève lo encontramos en el deseo innato del ser humano de ser reconocido por el prójimo.
“El hombre no desea simplemente un objeto, como el animal. Desea que otro desee su deseo.”
Lo que nos hace humanos no es el uso de herramientas, ni la razón, ni el lenguaje, sino el hecho de que nuestro deseo es esencialmente simbólico e intersubjetivo. En otros términos, deseamos ser reconocidos como libres, autónomos, dignos. Deseamos saber que somos necesarios para el mundo, que somos parte de la historia, que aportamos nuestro granito de arena, que con nuestro esfuerzo contribuimos a que la rueda siga girando, llámalo como quieras.
Para Kojève, el verdadero “fin de la historia”, como final de la lucha del hombre contra el hombre por el equilibrio humano real, llega con el reconocimiento mutuo general, a partir del cual la humanidad comienza a trabajar de manera conjunta en libertad.
En la actualidad, los seres humanos vivimos inmiscuidos en numerosas crisis morales de todo tipo. Estas crisis afectan profundamente la manera en la cual nos relacionamos con el mundo y lo transformamos mediante el trabajo. Un gran volumen de individuos se dirige cada lunes a primera hora de la mañana hacia pequeños cubículos en edificios altos para pasar ocho horas como mínimo ejecutando tareas monótonas, acompañados por un gran número de seres anónimos y en gran medida desconocidos, ejecutando las mismas tareas sin contar con un ápice de conciencia sobre el impacto o el alcance de aquellos números que escriben ,a su vez, en pequeñas celdas para la gran corporación. Y eso los que tienen la suerte del empleo por cuenta ajena.
Todos estos individuos se enfrentan cada día a una profunda crisis existencial, y no es casualidad que en nuestras sociedades cada año ascienda el volumen de consumo de antidepresivos, bajas derivadas de trastornos psicológicos e incluso suicidios. Así como rotaciones de personal elevadas en sobremanera en ciertas industrias y sectores especialmente cualificados, derivadas de la desidia y de un materialismo que viene a suplir un vacío más íntimo y profundo. Una huida constante hacia adelante en busca, más allá del dinero, de un reconocimiento que no siempre llega, sin obviar que la remuneración no es sino (en muchos casos) otra forma más de reconocimiento.
¿Cómo podemos ubicar nuestra posición en un sistema de coordenadas sin conocer los límites de este? ¿Quién define estos límites? Es evidente que, en un sistema humano, los límites los encontramos en nuestros compañeros, en las personas que tenemos alrededor. Necesitamos a los demás para saber con exactitud dónde estamos nosotros. Y los demás nos necesitan a nosotros; necesitamos trabajar en equipo.
Una empresa es un esfuerzo colectivo, una aventura liderada por los emprendedores y compartida por todos los integrantes de la misma con el objetivo de transformar el mundo mediante el trabajo. El éxito empresarial no es sino una propiedad emergente del éxito profesional de todos los miembros de una organización cohesionada, sea pública o sea privada.
Y este éxito profesional nunca puede ser alcanzado de manera aislada, de manera individual. El éxito profesional deviene de una actividad que se realiza en relación con el trabajo y con los compañeros. El éxito profesional es un éxito reconocido, reconocido por los pares.
Solo es posible alcanzar la excelencia desde la consciencia.
La tarea del líder es generar la estructura necesaria para posibilitar este reconocimiento, y reconocer a todos y cada uno de los miembros del equipo. Alcanzado este equilibrio, con las personas adecuadas, la excelencia ocurrirá de manera natural. Y el beneficio económico será una de las muchas derivadas del resultado del trabajo.

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