La guerra es una acción deliberada. Una decisión.
Una decisión que alguien debe tomar.
Toda guerra comienza con una decisión.
Pocas decisiones son fáciles. Todas tienen un coste asociado, desde el coste de oportunidad vinculado a no tomarlas hasta el precio que implica creer o esperar un resultado concreto.
Iniciar una guerra es una decisión especialmente difícil: los costes son por todos sabidos.
Una guerra implica, casi con seguridad, la muerte de seres humanos y la destrucción de infraestructura productiva. Esto genera un coste elevado en cualquier país, especialmente en las democracias, donde el liderazgo —teóricamente— emana de un contrato social muy explícito: un proceso cibernético básico entre gobernantes y gobernados, mediado por los procesos electorales. Iniciar un conflicto o entrar en él es una decisión difícil. Nadie quiere asumir ese coste.
En los países autocráticos, este contrato social existe igual. ¡Nadie escapa de él! La diferencia es que el punto de corte se encuentra más arriba. Dicho de otro modo: cuando el pueblo dice basta en una democracia, el líder pierde su puesto. En una autocracia, puede llegar a perder su libertad… o su vida.
Así pues, alguien decide iniciar una guerra. Es una decisión que se toma en un momento y en un lugar, por una persona o —más habitualmente— por un consenso entre varias.
Y toda decisión comienza con una evaluación previa. La guerra es un fenómeno complejo. Por muy mediado que esté por personalidades arrolladoras o por pequeños grupos de poder, en estos fenómenos complejos intervienen de manera inevitable muchas mentes, muchas opiniones. El resultado final es una decisión más o menos razonada.
Y, en gran medida, es la emanación de una inteligencia colectiva.
La inteligencia colectiva es inevitable. Siempre gana. No se puede eludir. Es lo máximo que podemos hacer. Es la que nos arrastra.
Así pues, la evaluación previa al inicio de las hostilidades es un hecho inevitable. Difícil, pero siempre presente.
La teoría de juegos nos ayuda a simplificar este tipo de situaciones. Nos ofrece modelos.
Si pensamos en una guerra, debemos tener en cuenta dos variables fundamentales: coste y beneficio.
El coste se asume con el esfuerzo económico que un país hará para ganar una guerra: vidas humanas, impacto en el PIB, pérdida de legitimidad política, destrucción de infraestructura (lo cual afecta al PIB y a las capacidades estratégicas) y gasto militar (PIB dedicado al armamento y logística, frente a gasto social o sectores productivos).
A esto se contrapone la potencial ganancia, tangible (nuevos territorios, recursos naturales, derechos sobre zonas estratégicas, eliminación de un competidor económico) o intangible (eliminación de una amenaza existencial, condiciones de seguridad para la élite gobernante, o preservación del propio Estado).
También entra en juego la aparición de ideologías extremistas o líderes carismáticos con agendas ultra personalistas o radicales.
Pero os voy a contar un secreto: nada escapa a las corrientes de la historia. Incluso los líderes más radicales, incluso los aparentemente irracionales, están gobernados por fuerzas geopolíticas que los superan.
Teóricos de la Geopolitik alemana sin vinculación directa con el partido nazi (anteriores a él), como Ratzel, Haushofer o el propio Mackinder, además de autores algo más contemporáneos como Alan John Percivale Taylor, sostuvieron que la posición estructural de Alemania en el continente —marcada por su centralidad, su limitación de recursos y el desigual orden de Versalles— empujaba al país hacia un conflicto mayor incluso al margen de la ideología nazi, siendo esta un mero acelerador circunstancial.
Así pues, el liderazgo de un país se ve empujado por fuerzas naturales a tomar decisiones sobre la guerra.
Y aquí la pregunta: ¿bajo qué criterios se toman estas decisiones? ¿Cómo se lleva a cabo esta evaluación?
La evaluación se basa en información (disponible). Información proporcionada por los instrumentos del Estado —diplomáticos, económicos, intelectuales— y, por encima de todos, los servicios de inteligencia.
La comunidad de inteligencia de un Estado está encargada de obtener información tan precisa como sea posible sobre el sistema internacional, para efectuar análisis en contexto con las capacidades propias, y permitir así una evaluación clara que propicie decisiones.
En este entorno, los servicios de inteligencia recaban datos sobre las capacidades militares de potenciales adversarios: armamento, doctrina, estrategias, disposición de activos, capacidades productivas, recursos estratégicos… Todo se analiza para construir matrices de decisión y estrategias concretas.
Con toda la información —si los números salen, si hay apoyo popular— la decisión se toma de forma casi natural. Se produce una intervención. Local, limitada, total… También eso se calcula.
Cuando se produce una intervención, como es lógico, el adversario también debe tomar decisiones. ¿Responderá de forma total? ¿Limitada? ¿Se rendirá? Lo hará del mismo modo: a partir de la inteligencia de la que disponga.
Independientemente de la calidad de esa inteligencia, cada parte tomará decisiones y asumirá costes. Es posible que solo una parte gane realmente. Pero todos actuarán pensando que lo que van a ganar supera el coste de la acción. Porque su inteligencia así lo indica.
Si estudiamos la teoría de las relaciones internacionales —los war studies— entendemos que las guerras, especialmente las largas, suelen surgir de asimetrías de información. Y esas asimetrías, más a menudo de lo que parece, emanan de percepciones totalmente erradas.
¿Quién iniciaría una guerra sabiendo con certeza que se prolongará durante años y causará enormes pérdidas?
Fríamente, sería más lógico negociar. Llegar a un acuerdo perfecto, ajustando el sistema a las posibilidades reales de las partes.
Una vez más, vemos que la información y nuestra relación con ella son los ejes centrales de los conflictos. Somos esclavos de nuestros propios límites. Cuando hablamos de cómo la rueda de la historia nos empuja al conflicto, nos referimos a eso: nuestros límites para procesar el mundo nos empujan.
Los servicios de inteligencia dedican una vida entera a generar inteligencia útil para facilitar la toma de decisiones: saber lo máximo del adversario, conocernos a nosotros mismos, y evitar que él sepa de nosotros. Incluso alterar su percepción. Forzar la negociación o la rendición.
Sistemas habituales de signaling entre países —como desfiles militares o pruebas nucleares— cumplen ese papel. Aportar información clara para disuadir al adversario. Indicarle el coste. Desde las pruebas nucleares norcoreanas al despliegue de submarinos nucleares frente a Venezuela.
El proceso de inteligencia se centra, pues, en dos partes esenciales:
- Obtener información sobre la situación propia y la de aliados/adversarios.
- Analizar esa información para proyectar escenarios y apoyar la decisión final.
Pero este proceso lo hacen humanos. Y los humanos somos versátiles, sí, pero también imprecisos. Limitados en percepción, en razonamiento, en energía… y en sesgos. Esto lleva a decisiones mal calculadas, a intervenciones mal planteadas. Esa, en gran medida, es la historia de la guerra.
Ahora mismo, en Europa, estamos en medio de una situación muy vinculada a este contexto: el conflicto con Rusia, el sistema de disuasión en marcha, el rearme europeo. Y, por supuesto, las operaciones de inteligencia en el flanco Este.
Pero también estamos viviendo un cambio profundo. Dos factores lo definen: la digitalización y la inteligencia artificial.
Ambos impactan de lleno en el proceso de inteligencia. Uno afecta a la obtención de información. El otro a su análisis.
Y esto no está pasando desapercibido.
En Estados Unidos, programas como el GIDE (Global Information Dominance Experiment) trabajan en el despliegue de sensores avanzados y machine learning para simular escenarios y asegurar visibilidad total del espacio operacional. El objetivo es claro: generar estrategias mejores. Evitar el conflicto, o ganar más rápido.
Empresas como Palantir en Occidente o MingLamp en Oriente se especializan en indexar y analizar información a escala masiva. Las ciberoperaciones, los sistemas SIGINT o satelitales, la inteligencia de nueva generación, las operaciones especiales… están generando una visibilidad sin precedentes.
Lo siguiente será la lógica de análisis.
Y eso ya está ocurriendo.
El sector de los centros de datos está en pleno auge. Las acciones de ASML o Nvidia marcan récords históricos. Lo que viene es claro: una revolución en supercomputación y sistemas de razonamiento avanzado, También aplicados al campo de batalla. Y a las relaciones internacionales.
Sistemas basados en agentes múltiples corriendo sobre gemelos digitales del sistema internacional, alimentados por inteligencia de todo tipo, permitirán simular miles de intervenciones económicas, políticas y especialmente militares por escenario. Con datos históricos y con análisis real. La tecnología ya existe. Y los datos se están almacenando ahora mismo. Existiendo capacidad de simulación completa ¿Qué sentido tendrá iniciar una guerra? El conocimiento sobre el resultado de la misma podrá ser obtenido antes de iniciar el conflicto, primando una negociación suave en un escenario equilibrado o una acción directa y decisiva en un escenario asimétrico.
El impacto será doble.
Una posibilidad: se produce una carrera militar clara (ya está en marcha), y un país logra supremacía total en el dominio.
Otra posibilidad: la tecnología se distribuye de forma uniforme entre grandes potencias, generando un nuevo equilibrio. Las guerras ya no se libran entre militares, sino entre sistemas informáticos. Y la victoria, o la derrota (virtuales), llevan directamente a la mesa de negociación.
¿La guerra del futuro se ganará dentro de un superordenador?
La saga Metal Gear ya nos lo advirtió.
Sea cual sea el resultado, una cosa está clara: cada sociedad debe luchar en este nuevo frente, pues perder una guerra puede depender de un modelo de Machine Learning mal calibrado.
En lobera.ai estamos precisamente desarrollando estas tecnologías.
Y nos lo pasamos bien haciéndolo 🙂

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