Guerra y ciber-espacio
Una guerra es, antes que nada, una acción organizada contra la libertad de actuación del adversario.
Una ciber-guerra, por ende, no es simplemente una sucesión de ataques informáticos. No es un conjunto de ransomware, sabotajes, intrusiones o filtraciones. Eso puede el resultado de la criminalidad, espionaje, activismo, presión política o ruido operacional.
Una ciber-guerra real emerge cuando distintos actores compiten de manera sostenida por obtener libertad de actuación en el dominio digital, mientras tratan de denegar esa misma libertad al adversario.
Durante los últimos años se ha venido predicando el advenimiento de la ciber-guerra. Y, sin embargo, esa guerra no se ha dado al nivel que muchos analistas predecían. Al menos no como fenómeno abierto, central y estructurante del sistema internacional.
Esto se ha dado principalmente por tres motivos, a saber: El primero: la tecnificación del entorno. Esto es, el grado real de dependencia de los distintos actores respecto de sus acciones en el dominio digital. El segundo: el interés estratégico. Esto es, el valor que presenta denegar al adversario sus capacidades dentro de dicho dominio. El tercero: las capacidades de combate. Es decir, la capacidad efectiva de operar, penetrar, degradar, explotar, sostener y defender sistemas en el ciberespacio.
Durante años, estos tres elementos no han terminado de alinearse al completo. Había dependencia digital creciente, no siempre interés estratégico suficiente. Había interés estratégico, no siempre capacidades reales (especialmente fuera de EEUU y China). Había capacidades, pero muchas veces limitadas al espionaje, a operaciones de influencia o al sabotaje puntual y oportunista, y las operaciones de mayor impacto estratégico (ej. stuxnet) eran silenciosas, lentas y muy prolongadas en el tiempo, teniendo más que ver con operaciones de inteligencia.
En la actualidad estamos comenzando a ver un cambio al respecto.
El reinado de la inteligencia artificial sobre nuestras vidas nos hará entrar próximamente en un escenario de ciber-guerra de manera inevitable. Y esto se dará mediante a como la IA transforma el valor estratégico del ciberespacio.
Grandes Modelos de Lenguaje
OpenAI, Anthropic y el resto de grandes laboratorios de frontera no nacen en el vacío. Se construyen sobre una arquitectura intelectual previa, sobre enormes corpus de datos, sobre cantidades masivas de procesamiento y sobre una concentración brutal de capital, talento e infraestructura. Los modelos actuales funcionan, a grandes rasgos, prediciendo y generando secuencias de información a partir de patrones aprendidos en volúmenes inmensos de datos. Texto, código, imágenes, conversaciones, documentación técnica, repositorios, papers, foros, libros, manuales, trazas de comportamiento humano.
El mundo entero como dataset.
No es casualidad que el shock de ChatGPT fuese tan profundo. OpenAI liberó al público un producto todavía inacabado, imperfecto, torpe en muchos aspectos, pero suficientemente útil como para alterar de golpe la percepción colectiva sobre lo que era posible. Algunos lo compararon con la Revolución Industrial. La comparación, siendo grandilocuente, no es absurda.
La IA generativa ha sido posible, en gran medida, por una gigantesca vulneración consentida —o al menos tolerada— de derechos de copyright, propiedad intelectual y soberanía del dato. Durante años, grandes laboratorios principalmente americanos han entrenado modelos sobre datos producidos por millones de personas, empresas, universidades, comunidades open source y Estados. Código generado por desarrolladores de todo el mundo. Software libre mantenido durante décadas por comunidades globales, con una gran participación de Europa. Documentación técnica. Producción científica. Producción cultural. Lenguaje humano acumulado.
Todo ello absorbido en el gran aparato estadístico de la inferencia.
Y ahora, cuando el valor estratégico de esos modelos empieza a ser evidente, el sistema-país estadounidense trata de cerrar la puerta en una maniobra profundamente depredadora.
Primero se captura el conocimiento distribuido del mundo, patrimonio de la humanidad. Después se entrena sobre él. Después se transforma en infraestructura crítica. Después se monetiza; se convierte en producto. Después se integra en empresas, administraciones, ejércitos y sistemas de decisión. Y finalmente, cuando el resto del mundo intenta acceder, replicar, destilar o competir, aparece el lenguaje de la seguridad nacional, los controles de exportación, las restricciones de acceso y la defensa del liderazgo tecnológico.
Así pues, China tiene derecho a destilar modelos.
Y lo seguirá haciendo. Y también lo hará el resto del mundo.
Todos los actores racionales lo harán. Toda potencia que entienda el valor estratégico de la IA buscará apropiarse de capacidades, datos, código, pesos, arquitecturas, talento y usuarios. En un sistema internacional competitivo, renunciar voluntariamente a esas capacidades equivale a aceptar una posición subordinada.
El valor en juego
La industria de la IA más allá de ser una industria tecnológica, es un sistema de capital, energía, cómputo, datos e influencia que mueve centenares de miles de millones de dólares y que está siendo financiado con un nivel de apalancamiento difícil de exagerar. La IA no puede fallar, porque demasiadas valoraciones, demasiadas infraestructuras, demasiadas expectativas y demasiadas estrategias nacionales dependen ya de que no falle.
Software, automatización, investigación científica, diseño industrial, inteligencia, educación, medicina, defensa, finanzas, logística, propaganda, vigilancia y operaciones ofensivas dependiendo de un mismo sistema nervioso.
Los modelos existentes están entrando en una fase en la cual las siguientes mejoras ya no son meramente incrementales. Afinan tanto determinadas capacidades que empiezan a desbloquear cognición notablemente superior a la humana en dominios concretos. Programación, análisis de vulnerabilidades, síntesis documental, búsqueda estratégica, simulación, razonamiento científico, generación de hipótesis, diseño de operaciones, integración de fuentes.
Es algo mucho más operativo que la inteligencia artificial (general) divina que se suelen predicar; Capacidades superiores en tareas concretas, integradas en sistemas reales.
Para entrenar estos modelos hacen falta datos. Para ejecutarlos hacen falta chips. Para desplegarlos hace falta infraestructura. Para explotarlos hacen falta usuarios. Para mejorarlos hacen falta interacciones. Para defenderlos hace falta control sobre el entorno.
Por ende, llega un punto en el que vamos a ver de manera natural un cierre progresivo de los distintos espacios digitales y una dura guerra digital por acceder a datos, computación, código y usuarios.
Durante los últimos años hemos visto cómo grandes masas de profesionales cualificados —una mayoría cada vez más amplia— delegaban partes crecientes de sus procesos cognitivos en sistemas de inferencia tipo LLM. Redactar, programar, resumir, traducir, investigar, comparar, decidir, priorizar, modelar, diagnosticar, enseñar, vender, vigilar.
Ciber-armas
Esta dependencia tecnológica añade un enorme valor estratégico al ciberespacio.
Controlar el acceso al medio, sea a datos, a capacidades frontera de inferencia o a sistemas de automatización, puede degradar la capacidad cognitiva y por ende productiva de una sociedad entera. También puede degradar su capacidad de toma de decisiones estratégica.
Antes, atacar sistemas digitales podía tener efectos físicos, económicos o informacionales. Ahora puede tener efectos cognitivos y productivos directos en ocasiones comparables a los bombardeos de instalaciones industriales del siglo pasado. Puede reducir la capacidad de una organización para producir software. Puede limitar la capacidad de una administración para analizar escenarios. Puede degradar la capacidad de un ejército para planificar. Puede condicionar la forma en que una sociedad accede, procesa y jerarquiza la información. El ciber-espacio queda fusionado en una única capa técnica-cognitiva.
Del mismo modo, el nivel masivo de implantación de la IA añade interés y capacidad de penetración. Los sistemas basados en datos están tan presentes que generan una matriz enorme de puntos de entrada y salida entre sistemas. APIs, agentes, copilotos, integraciones, pipelines, nubes, conectores, repositorios, extensiones, automatizaciones, herramientas internas, asistentes corporativos, entornos de desarrollo, sistemas de ticketing, CRMs, ERPs, SIEMs, notebooks, buscadores internos.
A esto hay que añadir la evolución de las ciber-armas impulsadas por IA. La inteligencia artificial acelera de manera enorme los ciclos OODA: observar, orientar, decidir y actuar. Reduce el tiempo necesario para descubrir vulnerabilidades, priorizar objetivos, generar exploits, adaptar payloads, escribir código, analizar defensas, automatizar reconocimiento, correlacionar fuentes y sostener operaciones.
Y en cierto modo elimina el componente one shot de muchas ciber-armas.
Tradicionalmente, una capacidad ofensiva sofisticada podía perder gran parte de su valor tras ser utilizada. Una vez expuesta, el adversario aprendía, parcheaba, atribuía, compartía indicadores, endurecía sistemas. El arma se quemaba.
Con IA, parte de ese coste cambia.
Porque la capacidad ya no está únicamente en el exploit concreto. Está en el sistema capaz de descubrir, adaptar, regenerar y operar en tiempo real. La ventaja no es solo tener una bala; estamos hablando de construir y mantener la fábrica de munición conectada al terreno.
Por ende, el estado actual del sistema habilita y nos empuja hacia la emergencia de una ciber-guerra real.
Una ciber-guerra basada en la carrera tecnológica, el espionaje avanzado, la censura, la captura de datos, la degradación de capacidades del adversario y el control de las infraestructuras de inferencia.
Los sistemas de apoyo a la toma de decisiones, en todos los niveles, integrarán capacidades crecientes de IA. Se desarrollarán simulaciones de escenarios cada vez más precisas. Se integrarán modelos en sistemas defensivos y ofensivos dentro del ciberespacio. Se automatizarán procesos de inteligencia. Se acelerará el reconocimiento. Se comprimirá el ciclo entre detección, decisión y acción.
Es inevitable
Cada actor tratará de ver más, entender antes, decidir mejor, actuar más rápido, y negar esto al adversario.
Las distintas potencias, Europa incluida, ya están entrando de manera inevitable en este conflicto. Algunas lo harán con claridad estratégica. Otras, como casi siempre, mediante declaraciones, regulación, dependencia industrial y retraso operativo. Pero todas acabarán entrando de facto, pues nadie puede mantenerse neutral ante una tecnología que reorganiza la producción, la inteligencia, la defensa y la soberanía.
Durante los próximos meses veremos acciones como:
- Censura en redes sociales, bloqueo a aplicaciones foráneas o tasas/aranceles sobre apps y modelos de IA entre Europa y las grandes potencias
- Un cierre progresivo de los espacios digitales en general, la muerte de la conversación pública tal como la conocimos en los 90 y 2000, los datos generados por humanos, por su valor, habitarán en espacios cerrados y protegidos.
- Un aumento drástico de los ciber ataques y una priorización del ciber espionaje profundo, grandes operaciones de ataque y defensa sobre modelos de IA, en parte para penetrar en dichos espacios
- Una delegación acelerada de procesos productivos a modelos de IA
- Una continuación acelerada de la carrera tecnológica con nuevas inversiones estratégicas
- Naturalmente un despliegue completo de la Inteligencia Artificial en sistemas militares, llegando fácilmente al edge.
La ciber-guerra empieza ahora porque ahora el dominio ciber contiene el nuevo centro de gravedad; nuestros procesos productivos dependen en sobre manera de los sistemas digitales, la superficie de impacto es prácticamente total y la evolución de las ciber-armas elimina el componente «one-shot» que modulaba la velocidad de las operaciones.
El conflicto es inevitable y el adversario buscará obtener la mejor ventaja, la mayor libertad de actuación en el dominio ciber, denegando al mismo tiempo la del adversario.
Para vencer en la última frontera.

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