El bosque de los mil árboles

¿Qué tienen en común los disturbios generados por el colectivo autodenominado «Blocus» -ese colectivo organizado en redes que intenta sembrar el caos urbano en España-, el gran apagón del pasado año y las reiteradas desgracias vividas recientemente alrededor del sistema ferroviario español? ¿Qué tienen en común con la amenaza de guerra en Europa y los distintos avisos en todo Occidente? ¿O con la reciente vulnerabilidad (PHP2Shell) que obligó —literalmente— a desconectar de internet cientos de aplicaciones web en un día, a toda prisa?

¿Qué tienen en común? ¿Qué tiene en común un pino con una encina, un roble o un enebro?

Existe un concepto muy habitual en la cultura popular. Se suele decir que «los árboles no nos dejan ver el bosque» cuando el detalle -lo particular, lo inmediato- absorbe nuestra atención hasta el punto de hacernos perder de vista el conjunto del que forma parte. Esto nos ocurre constantemente en nuestro día a día: discutimos por un plato sin fregar cuando el problema está en otra parte, perseguimos un bug durante horas cuando lo que está mal planteado es el producto entero, o tratamos el síntoma sin preguntarnos por la enfermedad.

Cuando hueles el humo te conviene saber que estás en el bosque.

El reciente accidente de tren en España: el pasado 28 de octubre, en las proximidades de Urda (Toledo), en la línea de alta velocidad Madrid–Andalucía, un AVE alcanzó por la parte posterior a un tren de Iryo que permanecía detenido ante la señal de entrada de la estación, minutos después de que la caída del sistema de control LZB hubiera inmovilizado automáticamente a seis trenes en un tramo de 63 kilómetros. A día de hoy, la cifra es de 69 fallecidos y más de 180 heridos. El accidente ha generado el enésimo shock en todo el país, teniendo su eco en el extranjero, desde donde nos miran con una mezcla de lástima y suspicacia, temiendo realmente que algo así pueda suceder pronto cerca de sus casas.

En el mundo anglosajón se suele hablar del concepto de add insult to injury -añadir el insulto a la herida: agravar un daño ya causado con una ofensa adicional-, y esto es lo que ha venido pasando en las redes sociales desde el choque. Una enorme comunidad de gente poco informada ha culpado a derecha e izquierda, como es habitual. Excusas y señalamientos alcanzan desde los equipos viejos hasta las distintas responsabilidades de quién tuvo la culpa o quién debía avisar, pasando incluso por algún individuo, de manera muy desafortunada, vibecodeando aplicaciones absurdas para ubicar el estado de los trenes -las famosas apps que básicamente usan la API de Renfe en un frontend bonito; Renfe ya sabe eso, bobo- alrededor del accidente.

El debate alrededor de un accidente, cabe decir, sigue siendo importante, y debe tratarse de la manera correcta. Resolver la situación, poner a salvo a los heridos, evitar sucesivos accidentes, investigar -incluyendo las causas y las responsabilidades- es fundamental, y hacerlo sería síntoma de un sistema sano.

No obstante, a muchos, los árboles no les dejan ver el bosque.

Recientemente, en Occidente se han sucedido, uno detrás de otro, distintos avisos de fuentes oficiales (en ocasiones militares) pidiendo resiliencia. Esto es, la famosa mochila de las 72 horas, pensada para prepararnos ante escenarios de pérdida de comunicaciones. Suecia, Finlandia y Noruega actualizaron a finales de 2024 sus guías ciudadanas sobre qué hacer «si llega la crisis o la guerra»; la Comisión Europea incorporó las 72 horas a su Estrategia de la Unión de la Preparación en marzo de 2025; la Dirección General de Protección Civil publicó en mayo de 2025 un modelo de plan familiar de emergencias con su kit para tres días, y la Generalitat lanzó su propia campaña en noviembre con el apagón de abril como argumento. Del lado militar, el secretario general de la OTAN pidió el pasado diciembre prepararse «para la escala de guerra que soportaron nuestros abuelos», y el jefe del Estado Mayor de los Ejércitos francés, el general Fabien Mandon, ha hablado abiertamente de aceptar «perder a nuestros hijos» ante un posible choque con Rusia en 2029.

La situación en Ucrania es inestable; Estados Unidos amenaza de vuelta a Irán, que se prepara para contraatacar. La inteligencia artificial agéntica parece avanzar hacia fuera del control humano, impulsada por la necesidad imperiosa de progreso y beneficio de los grandes laboratorios, lo cual a su vez tiende la sombra de la recesión económica sobre todos nosotros. En paralelo encontramos los efectos: recortes de puestos de trabajo y despidos, y unos sistemas envejecidos y, por ende, tensionados, que requieren más y cuentan con menos.

Un árbol, otro árbol, un abeto, un pino… ¿Dónde estamos?

Si nos mantenemos vivos, si podemos levantarnos, «levantar la persiana», encender la luz, ducharnos, pero también tener educación, sanidad, comprar el pan o movernos en un vehículo, es debido a que los países en los que vivimos se articulan en forma de sistemas complejos compuestos por distintos subsistemas. Cada Estado es un sistema compuesto por subsistemas: sanitario, educativo, económico, energético, de transporte, de telecomunicaciones, financiero, judicial, de seguridad, de suministro de agua y alimentos.

Los sistemas se preparan para gestionar cargas determinadas. Se dimensionan para un volumen esperado de usuarios, de eventos y de transacciones, con un margen -una holgura- para absorber picos y fallos. Dentro de ese margen se organizan de manera dinámica: redistribuyen carga, priorizan, degradan servicios secundarios para sostener los esenciales. Una sociedad funciona exactamente igual. Es un sistema de sistemas acoplados entre sí, en el que la red eléctrica alimenta al ferrocarril, el ferrocarril mueve a los sanitarios y los sanitarios sostienen a quienes operan la red eléctrica. Cada subsistema tiene su capacidad y su margen, y el margen del conjunto no es mayor que el del más tensionado de ellos.

Densidad. En las dos últimas décadas, los distintos sistemas que sostienen nuestras sociedades han aumentado drásticamente su densidad: más conexiones a la red, mayor demografía más concentrada en grandes ciudades, más vehículos en carretera, más viajeros en transporte público, más transacciones económicas, más citas médicas, más pasajeros en el metro, más compras. Más, más, más. La sociedad consumista en la que estamos inmersos no ayuda; más bien perjudica: más envíos, más paquetes, más experiencias, más show. Esto, en términos de la teoría de sistemas, no significa otra cosa que carga. Carga. Cada usuario en el sistema genera conexiones, cada conexión genera eventos, cada evento genera probabilidades de fallo. El cálculo es simple.

Siendo precisos, el mecanismo no es la densidad en sí, sino la carga relativa a la capacidad -la utilización- y la pérdida de holgura. Tres piezas teóricas lo sostienen.

Teoría de colas. Cuando la utilización (ρ) se acerca a 1, los tiempos de espera y su varianza crecen de forma no lineal; en el modelo más simple, W ∝ 1/(1−ρ). Las perturbaciones aleatorias siguen siendo las mismas, pero un sistema al 60 % las absorbe y uno al 95 % no. La misma fluctuación que antes era ruido ahora es fallo. En infraestructura, sanidad o suministro, lo aleatorio no cambia; cambia el margen.

Criticalidad auto-organizada. Un sistema empujado continuamente hacia su límite de carga se sitúa en estado crítico (Bak), donde la distribución de tamaños de fallo sigue una ley de potencias: fallos pequeños y frecuentes y, de vez en cuando, uno grande sin causa proporcional. Un apagón o una ruptura de la cadena de suministro no necesitan un gran detonante.

Acoplamiento y cascadas. Más población consumiendo sobre las mismas redes aumenta la interdependencia (Perrow, Motter–Lai, el apagón norteamericano de 2003): cuando un nodo cae, su carga se redistribuye sobre vecinos ya cargados, que caen a su vez. Lo que en un sistema holgado es un fallo local, en uno saturado es sistémico.

A esto se suma lo que Tainter describe para las sociedades: la complejidad añadida para sostener la carga tiene rendimientos decrecientes, y el coste de mantener el sistema crece más rápido que su capacidad.

La tensión ha ido en crecimiento durante los últimos años, y las cifras lo muestran. España ha pasado de 46,4 millones de habitantes en 2016 a 49,8 millones en julio de 2026, máximo histórico según el INE. El ferrocarril movió 547 millones de viajeros en 2025, un 5 % más que en 2019, y la alta velocidad comercial 44,5 millones, el doble que antes de la pandemia. Solo las Cercanías de Madrid sumaron 132 millones de viajeros en el primer semestre de 2025, diez millones más que un año antes. En sanidad, 853.000 pacientes esperaban una operación a cierre de 2025, otro máximo histórico, con 121 días de demora media y 102 días para ver a un especialista. Y así podríamos seguir largo y ancho.

Grosso modo, hemos experimentado un gran movimiento masivo hacia las ciudades, migraciones, globalización, crecimiento acelerado (en ocasiones forzado), salto a nuevos modos de producción (incluyendo renovables). Más allá de los ejemplos particulares que lo ilustran, la gran foto es clara: en el mundo estamos viviendo, o intentando, un cambio de fase hacia nuevos sistemas productivos, energéticos, sociales. No obstante, el sistema necesita seguir en funcionamiento; parte de estos cambios deben realizarse al vuelo, manteniendo las cotas de producción que el capitalismo exige para sí. Y es en este cambio de fase acelerado en el cual «crecen los monstruos»: errores naturales derivados del estado de los sistemas.

«El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer, y en ese claroscuro surgen los monstruos» — Gramsci.

Al fin y al cabo, problemas.

Problemas que exigen resolución. Una resolución llevada a cabo por humanos, al menos hasta que la IA nos alcance en ese sentido. ¿Dónde están esos humanos?

El siglo XX, sus luchas, sus impulsos históricos y su ambición generaron grandes ingenieros a lo largo y ancho de Occidente. Desde las grandes compañías tecnológicas de los Estados Unidos -Bell Labs, de cuyos laboratorios salieron el transistor, la teoría de la información de Shannon o Unix- hasta los campeones españoles -Talgo, nacida en 1942 de la obsesión de Alejandro Goicoechea por un tren más ligero y que hoy circula por medio mundo-: hombres y mujeres ambiciosos que nos llevaron a la Luna y construyeron los sistemas ferroviarios modernos en todo el mundo.

Esa ambición perdura, y nuestras democracias siguen produciendo ingenieros con todas las letras de la palabra. No obstante, la capacidad intelectual humana enfrenta crisis ineludibles en el día de hoy.

El joven ambicioso de la actualidad no enfrenta una falta de herramientas o de acceso al conocimiento. Más bien enfrenta un bombardeo constante; enfrenta, día sí y día también, los tentáculos del Leviatán, esa bestia marina descrita en el libro de Job, luchando contra él por su atención; enfrenta sistemas educativos degradados; enfrenta a padres ausentes; enfrenta la cultura del mínimo esfuerzo. Y la enfrenta cara a cara, cada día. Los números acompañan al relato: el cociente intelectual se encuentra en retirada en nuestros países. Muchos jóvenes abandonan la ambición hacia el liderazgo, dejándonos huérfanos a todos nosotros. Cada ingeniero brillante capaz de resolver y atacar la complejidad de los sistemas modernos, retirado a la cuneta de las redes sociales o del camino fácil, retirado hacia el bajo salario, hacia la posición aburrida y segura, es un clavo en el ataúd de los sistemas modernos en crisis. Y la endogamia institucional no ayuda, cabe decir.

La catástrofe de Urda puede tener N causas concretas. Cada problema tiene una causa, y esto es innegable. Pero muy habitualmente, especialmente en sistemas complejos, las causas de un problema suelen ser a su vez causadas por problemas de un orden de abstracción mayor. Centrarnos en las particularidades es algo que debemos hacer en el momento; pero, estratégicamente, debemos evitar que esos árboles nos impidan ver el bosque.

Dicho en otros términos: escenarios como los de este último gran accidente, lamentablemente, los volveremos a ver. Más accidentes ferroviarios -rezamos por que sean de menor magnitud-, tensiones en el sistema eléctrico, caos informático, conflicto bélico. Es inevitable. Y es normal que el sistema (internacional), a través de una coordinación formal o informal, nos recomiende preparación. La naturaleza es sabia.

¿Cuándo ocurrirá? En cualquier momento. Y, del mismo modo, a lo largo del tiempo.

¿Hasta cuándo? Hasta el final. Hasta el reajuste. Nada del gran reset conspiranoico, nada controlado por una mano negra o una élite oscura: cuando un sistema alcanza un grado de complejidad que no puede manejar tiene dos opciones, a saber, colapsar completamente para reconstruirse, o volver a un estado anterior en el que pueda manejar dicha complejidad (arrancar en modo seguro). Esto es lo que sucederá.

Y la materialización de esto puede ocurrir en varias direcciones. La más probable: un giro tecnocrático en nuestras democracias en los próximos años, donde dejemos de dar por supuestos axiomas que hoy en día defendemos a capa y espada.

Oportunidades para algunos, grandes retos para la mayoría.

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